julio 26, 2006

Un abominable espantajo


Luis Linares Zapata

Tal vez no fue de creación local, pues la especie creció en mentes ajenas. Algunos afirman que trajeron a su autor desde esa oscura España que aún conserva intacto el espíritu franquista. Pero a lo mejor los publicistas de El Yunque aprendieron algo de ello a partir de la traumática elección de 94. El caso es que desde los entretelones del oficialismo levantaron, con tesonero empeño, un eficaz manojo de miedos que todavía ronda, con su abominable aspecto, por los mentideros posvotaciones. Sin embargo, y a pesar de su fantasmal diseño, el temor que infunde tan grotesca figura entre miles de ciudadanos es denso, real.

Lo alimentan las diarias referencias en los medios electrónicos, muy a pesar de que los espots diseñados para darle vida ya se hayan esfumado en el aire. Lo mantienen las cotidianas referencias en pláticas entre amigos, con los vecinos, los socios o la que sus mismos cómplices llevan a cabo para no olvidar su figura, sus contornos feroces y, sobre todo, las horripilantes consecuencias predichas: pérdida de la casa por imposibilidad de cubrir los abonos, quiebra del negocio, caída de la bicicleta o una que otra quema de la iglesia más cercana. Y, en peores escenarios, la inestabilidad económica generalizada, devaluación drástica, revuelta incontenible de las masas y el caos desatado por los violentos.

Donde más pegó el fantoche del temor fue entre las clases medias acomodadas. Esas que, al parecer, estarían mejor dotadas para discernir entre lo peor de la propaganda falseada desde los meros supuestos de base y sus pocos o muchos intereses acumulados durante una vida de esfuerzo. Pero no fue así: sucumbieron por completo al encanto de esa fantasmagoría que sus mismos vecinos o correligionarios diseminaron a placer y al que coronaron como un peligro para México. No cualquier México, sino uno hecho a la medida de los ambiciosos, de los delicados, de esos que aprovechan las reglas del juego hasta en sus mínimos detalles para sacarles ventaja, por las buenas, las medianas o las legalonas. Ellos le dieron cuerpo maltrecho, rostro fiero y contornos del naco que cada quien desprecia para que el odio empezara a brotar desde lo profundo de su mito clasista.

Para dar el toque final al espantajo, lo embadurnaron con una fétida porción de ese tan mexicano racismo obtuso que terminó cegándolos por completo. Así respondieron al llamado de sus entrañas malsanas, de sus prejuicios de gente bien, a sus mezquinos impulsos disfrazados de gritos de alarma para todos los demás. Al unísono y en tropel llenaron las casillas con apresurados votos de miedo a lo otro, a lo distinto, a lo de abajo y al fondo. Más que expresiones de su voluntad, fueron verdaderos actos de exorcismo.

Sólo que, por más uniforme que fuera su prisa, el número no alcanzaría para poder vencer al peligro inminente que los amenazaba de frente. Requerían de aliados, muchos compañeros en ese viaje tenebroso del que, pensaban con pánico soberbio, no saldrían ilesos si quedaban aislados. Y los obtuvieron de varias maneras: unas simples, otras adjuntadas a las seculares trampas del antiguo mapacheo, el golpe de conejo a la llana práctica democrática. Tupidos contingentes de las clases medias bajas del país y aun del más rotundo "peladaje" (al que siempre desprecian) acudieron al llamado de la desbocada y fantasiosa cantinela presidencial de optar por el mismo camino. De forma paralela se le adicionó la más intensa campaña de propaganda oficial que colocó, en el horizonte colectivo, la validez y operatividad de programas sociales casi inexistentes como prometedor futuro de la continuidad. Otros muchos sintieron, en su propio ánimo, el latigazo de las falsas comparaciones con los dramas, bien conocidos y hasta experimentados, del pasado priísta. La deuda descontrolada, el sobregasto, el abultado e indebido déficit presupuestal, el gasto manirroto y patrimonialista, las devaluaciones y demás parafernalia salieron a la palestra de los infundios, de los pedestres rumores, acicateados por miles y atemorizantes llamadas anónimas a los hogares.

La coalición Por el Bien de Todos resintió el desfogue que esas pasiones ocasionaron. No se pudo contrarrestar la fuga que aseguraría, de contenerla, el triunfo indiscutible en las urnas. La sociedad mexicana tiene acendradas pulsiones conservadoras, una rara conversión de la expoliación y las frustraciones padecidas. Y, ahora, se tiene que acudir ante unos jueces que pueden ser implacables, justos y conscientes. Pero que pueden, también, fallar en su cometido y aun desviar sus juicios por multitud de razones. Unas provendrán de sus cercanos y otras de los activos poderes fácticos, que casi siempre ganan la partida ante los tribunales.

Así transcurrió el concurso que resultó millonario en votos, bien resguardado por ciudadanos conscientes de su responsabilidad. Pero que también fue, no pocas veces, falseado, truqueado por malandrines sin escrúpulos. Pero el miedo sembrado por los que se ostentan como ganadores de nada habrá de servirles cuando intenten gobernar. Al contrario, las diferencias y los rencores provocados quedarán como un abominable ser horripilante por tiempo indefinido. De esta cruda y torcida manera se tiene ahora que enfrentar la ya de por sí compleja realidad.